|
Myriam Nissensohn "Cuentos para leer en el café" (ISBN 987-02-0296-9) REPARACIÓN Emilio Mitre 232 ( Primera Junta )
......En la sala de la casa de mis padres están los mismos muebles que yo recuerdo desde ni niñez. Un juego de sofá y dos sillones tapizados en brocado verde con flores de lis. Las mismas que veía impresas en los paquetes de yerba que nunca faltaban en la alacena. También dos sillas victorianas. con asiento de esterilla, donde teníamos prohibido sentarnos; un mueble musiquero que aún guardaba partituras para un piano que fuera mal vendido en momentos de estrechez. En el centro, una mesa ovalada de mármol con cuatro angelitos de bronce en sus patas y pendiendo sobre ella una pesada araña de doce luces con profusión de caireles, cuya complicada limpieza todavía la hace, a fines de cada invierno, la querida gorda Enriqueta, que luego lava y plancha el cortinaje de las altísimas ventanas de toda la casa. ......En las paredes, revestidas de madera oscura, están las grandes fotos en blanco y negro con sus imponentes marcos dorados, que mis hermanos y yo mirábamos furtiva y reverencialmente sólo cuando nuestros padres nos permitían entrar para que saludáramos a ocasionales visitas. * ......Aída, mi abuela paterna, vino a vivir con nosotros, al fallecer el abuelo Meir. A ella le encantaba contarnos historias de familia. Así fue como dió vida a estos antepasados que nos infundían cierto temor desde sus rostros de mirada fija, barbas que no crecían, bigotes petulantes y bisoñes engominados. Una sola mujer, con la cabeza cubierta por una mantilla de encaje negro, rostro muy blanco de delicadas facciones que transmitían fragilidad y con los ojos más tristes que recuerdo haber visto, completaba la galería. ......Nos encantaba escuchar y volver a escuchar las mismas historias que habían ocurrido, al menos, cien años atrás. Es así como tengo recuerdos vívidos del peregrinaje y la llegada a esta tierra del bisabuelo Jaques, el de bigotes y barba cervantinos, adecuados a su cara afilada de nariz puntuda. ......Eran épocas de zares y pogromos. Los judíos vivían con el temor de ser obligados a abandonar sus aldeas o de sufrir una redada de los cosacos, en la que se alzaban con los más jóvenes para servir en interminables guerras contra turcos y japoneses. Esa fue la razón por la que a los quince años, Jaques dejó padres y hermanos menores y, junto a una familia que lo hizo pasar como hijo, se embarcó rumbo a Francia, esperando, como tantos otros, la ayuda del Barón Rothschild para establecerse en Israel. Aquel sueño no pudo cumplirse, por lo que iniciaron un nuevo viaje, esta vez hacia Buenos Aires, sin sospechar que iban a formar parte de la generación de los "gauchos judíos". ......Al llegar a estas tierras tuvo que adoptar legalmente el apellido de la familia con la que había viajado. Cada vez que recuerdo este hecho intento imaginar lo que debió significar para mi bisabuelo esa inevitable sensación de menoscabo en su identidad sumada a su desarraigo. ......Zvi, el padre de Jaques, quedó inmortalizado con su gorra negra y la blancura de su barba larga y poblada. Cuando su hijo partió de Rusia le entregó ese retrato infringiendo la ley judía que prohibía las imágenes, ante la certeza de que nunca más volverían a verse. Hoy su rostro de mirada penetrante, como queriendo transmitirnos algo esencial, está reproducido en casas de nietos y bisnietos, junto con una bendición para las futuras generaciones, escrita en hebreo, de su puño y letra, en el original. ......Poco nos contó la abuela sobre él. Lo llamaban el docto y hacía las veces de rabino en la pequeña aldea ucraniana. Acostumbraba levantarse a medianoche para estudiar la Torá y, muy de madrugada durante todo el año, incluyendo los crudos dias invernales, se bañaba en el río Bug que, pasando por la aldea, llevaba sus aguas al Mar Negro. ......En la pared opuesta está la foto de Paltiel, nuestro abuelo materno. Cara afeitada, de pómulos y nariz ancha, sobre la que apoyaban anteojos para una increíble miopía. Había llegado al país a los ocho años, junto a sus padres y hermanos mayores. Pastaba ovejas en la Colonia Mauricio, al mismo tiempo que concurría a la escuela del único maestro que hablaba idisch y castellano, quien le tramitó una beca para que continuara sus estudios en el Colegio Normal de Buenos Aires. Decían que estaba casi ciego por pasar largas horas leyendo con luz de vela, pero fue así como llego a graduarse de abogado. Falleció muy joven, cuando mi madre, su tercer hija no había cumplido todavía los quince años. Para ese entonces ya era viudo. No he visto fotos de mi abuela Rebeca. Cuentan que el abuelo en su dolor, las guardaba tan celosamente que nunca se pudieron encontrar. ......A la derecha de mi abuelo Paltiel está la foto de la mujer de los ojos tan tristes como su historia. Se llamaba Clara y era la hermana mayor del abuelo. Había enviudado poco después de casarse, estando embarazada. Cuando nacieron sus mellizas se quitó el luto, lo que ocasionó críticas y comentarios malignos: seguro que busca otro marido para que le ayude a criar las hijas...Pero le esperaba otra gran pérdida. En un descuido las nenas murieron ahogadas, después de una lluvia torrencial, en un zanjón abierto ocasionalmente por los vecinos. Nunca más se vió sonreir a Clara y sus ojos transmitieron esa inmensa tristeza, que quedó para siempre, en el cuadro de la sala de mis padres. * ......Hace veinte días nacieron mis mellizas, Aída y Rebeca, y hoy fuí por primera vez con ellas a visitar a mis padres. Cuando entré en la sala sólo algo parecía haber cambiado. El brillo cómplice que creí ver en los ojos de Clara. |