Myriam Nissensohn "Cuentos para leer en el café" (ISBN 987-02-0296-9)

CUANDO USTED DISPONGA

......Zapatos negros relucientes. Juana lo registró apenas vió al hombre, que atravesando el salón, ya casi vacío, se encaminaba directamente hacia ella. Ese detalle era definitivo. Si no la decepcionaba proseguía entonces con su mirada crítica.

......Morocho -a Juana los rubios le parecían menos viriles- alto, delgado y de contextura fuerte, cara de rasgos netos y clásicos que dibujaba, en ese preciso momento una sonrisa, al tiempo que sus ojos oscuros adquirían un brillo cómplice.

......Juana prestó atención al tono tostado de su piel, ese que sólo se logra navegando o en las canchas de golf, e instantáneamente su imaginación pintó un cuadro. Una cupé roja descapotada, su ponderada cabellera flotando al viento y él, con su mano izquierda en el volante, mientras la derecha apoyaba sus inquietantes dedos, de bien pulidas uñas, en el asiento peligrosamente cerca de su intimidad. No pudo dejar de advertir la sensación, físicamente placentera, a la que la llevaron sus pensamientos. Sus labios se entreabrieron ligeramente al tiempo que el dueño de tanta perfección estaba casi frente a ella.

......Juana, consciente de su propia imagen, se sintió segura. Su abundante pelo rojizo había logrado la exacta medida de sus rulos naturales gracias al nuevo y tan promocionado acondicionador. El soleado fin de semana en el campo le había deparado el descanso necesario, dándole a su cara un golpe de juventud. Las gotas que acababa de ponerse en el baño cumplieron con su propósito de despejar sus privilegiados ojos verdes. Felizmente había acertado en la elección del vestido para esa noche. El negro marcaba sus todavía bien contorneadas caderas al tiempo que el escote advertía sobre sus senos, obra perfecta de su imponderable cirujano plástico.

......Juana sintió que un fuerte golpe de adrenalina la preparaba para inminentes momentos, anhelados desde mucho tiempo atrás.

......Mientras erguía su cuerpo, entrando esa ligera pero empecinada convexidad que iba de su cuidada cintura al pubis, una sonrisa se adelantaba a la bienvenida.

......Un instante después, tanta excitación, dejó abruptamente paso al desfallecimiento. El portador de ilusiones siguió su camino, casi rozándola. Juana tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para darse vuelta.

......Vió entonces la figura desdibujada de una mujer entrada en carnes, vestida de color púrpura, que alzaba una impúdica mano de anillos y pulseras al tiempo que escuchaba la aún no imaginada voz: Señora, estacioné el coche en la puerta, para cuando usted disponga.

 

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