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Myriam Nissensohn "Cuentos para leer en el café" (ISBN 987-02-0296-9) LA IMPORTANCIA DE SER VIERNES a Cristina Bustos
......Desde que perdí el olfato, privándome del disfrute de sutiles fragancias y ahorrándome hediondeces, el gas se convirtió para mí en una obsesión. - Cada vez que apagues el fuego de las hornallas, no te olvides de cerrar la llave general - Esta recomendación se la hago a Cristina cada viernes, cuando viene a ayudarme con la limpieza de la casa. * ......Esa tarde de jueves, varias amigas nos reunimos, llevadas por la rutina, en la confitería de siempre. Mientras todas nos prometíamos, una vez más, no aflojar con el régimen, dada la proximidad del verano, mirábamos furtivamente las tentadoras tortas que exhibían orondas sus coberturas de chocolate, nueces, almíbares y cremas. Llegado el momento en que, alguna de nosotras, logró imponer silencio para poder consultarnos lo que finalmente ibamos a pedir, hice una rápida acrobacia mental con el cálculo de calorías y me decidí por una porción de torta de manzana. Cuando llegó el té me asombré, como de costumbre, del tamaño generoso de la torta. Pero, también como de costumbre, poco a poco, dí buena cuenta de ella. Luego me las tendría que ver con los quejosos remordimientos. ......Lo primero que me propuse y así se lo hice saber a mis contertulias, era que esa noche no iba a cenar. Una forma de castigo por permitirme un placer culposo. ......Llegué a casa cerca de las diez de la noche y, con cierto orgullo de promesa cumplida, no entré en la cocina. Me acosté feliz al sentir la suavidad de las sábanas y poder relajarme con la cabeza apoyada en mi fiel almohada de plumas. Con un movimiento, ya automático, agarré el control y encendí el televisor, sólo para apurar el sueño. Ahí estaba, con todo su dramatismo, la famosa escalera de Odessa. La emoción de volver a ver El Acorazado Potemkin, no tardó en convertirse en prosaicas ganas de comer. Miré la hora, había pasado la media noche. Durante algunos minutos se instaló el conflicto pero, el arranque del motor de la heladera, tuvo el mismo efecto que el canto de las sirenas en los viejos lobos de mar. ......Opté por una dietética milanesa de soja, vuelta y vuelta en la plancha, y un tomate, al que le quité la piel exponiéndolo directamente a la llama, costumbre supuestamente higiénica pero que me suele erizar por invevitables asociaciones inquisitoriales. Volví a la cama, el estómago sin reclamos dejó paso al sueño. Apagué el televisor no sin antes tomarme la dosis habitual de una droga legalizada. * ......Escuché mi nombre viniendo de lejos. Abrí los ojos, ahí estaba Cristina, al lado de mi cama, con la cara extrañamente crispada. Me costó entender lo que me decía: - ¡señora, señora, el gas, el gas! Su exaltación contrastaba con mi absoluta calma. La ventana abierta dejaba entrar un aire fresco. _ Ay, señora, que susto me dió, no podía despertarla. ......Comencé a levantarme. Tenía la sensación de haber hecho un viaje en el que había disfrutado de una paz nunca conocida. Completamente relajada, sin poder tomar conciencia hasta horas más tarde de la importancia de que fuera viernes, la miré a Cristina y le dije todavía con cierta nostalgia: ...- Quién sabe cuándo voy a tener otra oportunidad... |